Sólo podemos contar nuestra vida contando la vida de otros. Así lo entiende Esteban Hinestroza que, para construir su memoria, nos traslada a las historias y habitantes de su infancia en la Colombia de los años sesenta: Toño, que amaba a Delia, pero era incapaz de resistirse a la sensualidad brutal de Cory, una señora que se molestaba si la llamaban señora; Blas Gerardo, el cura español que andaba de revolución en revolución hasta que dio un golpe de estado a su propia vida.
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