Desde el momento de la aparición, en 1839, del daguerrotipo y el calotipo, el arte y la fotografía entablaron una relación simbiótica que ha ido mucho más allá de la mutua influencia y que puede explicar en gran medida el impulso que experimentó la inventiva en el ámbito de la pintura a partir de entonces. No obstante, esta relación, que incluso podría remontarse a un tiempo en que no existía como tal -pues casi todas las características definibles de la forma fotográfica son ya visibles en la obra de algunos pintores anteriores a la invención de la fotografía-, no siempre fue plácida y fluida. Durante decenios se discutió el papel y el rango del nuevo modo de expresión, ocultándose, por otra parte, su utilización como fuente de inspiración para la obra pictórica, y hubieron de surgir bastantes polémicas antes de que adquiriera el reconocimiento de que ha gozado en nuestro siglo.
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