Cuando en 1917 Pío Baroja se refería a Flaubert como a un animal de pata pesada y Zola en 1857 tachaba Las flores del mal de librillo intrascendente y de escasa predicación entre las futuras generaciones sus opiniones no eran las de un lector común pues ambos habían hecho públicos sus pareceres convirtiendo el placer privado de la lectura en una profesión.
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