La soledad del mar en ese atardecer en el Caribe resulta atemorizante. La aparente calma se extiende silenciosa y desierta hasta el horizonte y todo parece seguro y feliz en torno a esa embarcación que se ha aventurado solitaria en la vastedad del océano. Pero un peligro acecha en la penumbra porque nada se sabe sobre el mundo que se mueve bajo la línea de flotación. Así, una canoa o un náufrago a la deriva, más que señales de vida pueden resultar presagios de muerte.
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