Cuentan los ancianos que hace mucho tiempo, en los albores del fin del milenio, un forastero llegó a las brumosas tierras de Irlanda con una misteriosa misión. Dicen que ese hombre, un monje atormentado y valeroso llamado Brian de Liébana, huía de unos caballeros de tez pálida y alma oscura, cuyo nombre nadie osa pronunciar sin santiguarse.
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