«Las primeras palabras que aprendí fueron mamá, papá, larga vida al dirigente Mao y el Partido Comunista es nuestra estrella salvadora», contaba Lulu Wang en 1997, once años después de abandonar China. Once años en los que pudo reflexionar, primero con resentimiento y después con serenidad, sobre todo lo que había vivido durante la Revolución Cultural. De hecho, sólo consiguió comprenderla cuando todas esas vivencias tomaron forma literaria y, además, en otra lengua: el holandés.Cuando Lian, una adolescente despierta y sensible, educada en un régimen totalitario, llega al campo de trabajo donde su madre ha sido internada junto con otros intelectuales chinos para «reeducarse» y purgarse de contagios antirrevolucionarios, no puede sino sentir asombro.
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