En el año 122 d.C. el emperador romano Adriano vislumbró la construcción de un muro que sellase de una vez por todas, la Britania romana a las incursiones de los bárbaros celtas. Con los años ese muro se convertiría en un verdadero frente que dividiría la isla en dos y sería testigo no sólo de los enfrentamientos entre uno y otro pueblo, sino también de sus luchas intestinas.
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